A
Ovidio
Te
gustaba, oh, poeta, beberte la vida a grandes sorbos
como
si cada momento de placer fuera el postrero,
como
si la vida claudicara tras el goce extremo
de
los sentidos, como si la catarsis y el orgasmo
devinieran
en un socavón profundo del latido y
del
aliento y todo el oro se hiciera polvo entre
tus
manos impotentes.
Anhelabas
gozar con la carne y con el alma
cada
brizna de tiempo detenido, cada soplo de aire
en
el velamen inmenso del espíritu inquieto,
cada
instante culminante de amor, de sexo o
de
excelsa literatura leída con deleite
para
atemperar el pulso vertiginoso de los nervios.
Y
cada bocanada de vida era hecha palabra y verso,
estrofa
y poema en el fértil pergamino de tu exigencia.
Y
así te erigiste en el cronista certero de las metamorfosis
de
hombres, héroes y dioses que sólo a ti confiaban
sus
disfraces, apariencias, mentiras e imposturas.
Sólo
tú fuiste el testigo de sus correrías y sus devaneos,
de
sus excesos y de sus hecatombes.
Tú,
poeta del amor y del delirio,
biógrafo
privilegiado de dioses y de musas,
supiste
reír cuando todo el cielo era ancho y extenso
y
supiste llorar cuando el cielo se te cayó de golpe
sobre
los hombros, haciéndose pedazos.
Juan Emilio Ríos Vera
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