Club de Letras UCA (Cádiz, Jerez de la Frontera y Algeciras)
Director: Profesor de la UCA Dr. José Antonio Hernández Guerrero
Coordinación del blog:
Antonio Díaz González
Ramón Luque Sánchez

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jueves, 12 de enero de 2023

Kolimá

 

Para descargar la novela en PDF, haz clic en la portada.


Queramos o no, las telas que conforman la tragicomedia de nuestras vidas fueron hilvanadas por los pespuntes de nuestra infancia. Las alegrías, los orgullos, las decepciones, los triunfos, las frustraciones, los premios o las humillaciones que se viven en la infancia, perfilan irremediablemente nuestro destino al llegar a adultos. Y si no, que se lo pregunten a Alan, personaje principal de Kolimá, magistral novela de Mauro Barea. El autor, en este caso, no solo desarrolla con ingenio esta premisa, también enlaza el crecimiento y desarrollo como persona de Alan con un entorno fraudulento y gris, pero lleno de matices interesantes que impiden soltar el libro hasta devorarlo.

Según el principio dramático El arma de Chéjov, si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente capítulo debe ser disparada. En el comienzo de esta obra aparece una pistola, una Beretta cargada y apuntando a una cabeza. Pero no es solo una aparición casual o un mensaje sobre lo que puede suceder más adelante. La Beretta de Kolimá es una especie de péndulo de Allan Poe, un elemento también cargado de dramatismo, un memento mori que llega a convertirse en otro personaje más de la historia. 

Mauro Barea ha dominado en esta obra el arte del ir y venir, la capacidad de mantenernos en vilo a pesar de las continuas analepsis, llevándonos en volandas a distintas etapas de la vida del protagonista. Nada raro, sobre todo por la lógica y a la vez extraña sensación de que la lectura nos lleva, flotando sobre esas intermitencias y casi sin darnos cuenta, de México al mundo mágico y onírico de Kolimá, la Carretera de los Huesos que atraviesa las nieves del Extremo Oriente ruso. Es difícil no encontrar en esta obra matices oníricos que nos retrotraigan a Pedro Páramo, no sé muy bien si por la localización de los personajes en México, por el habla de sus personajes y su rico acento, o por la forma sutil de llevarnos hasta los huesos de Siberia. Pero no nos engañemos, esta es una obra con entidad propia que no necesita compararse con ninguna otra. Así lo entendió también el jurado del concurso de novela Ignacio Manuel Altamirano de la Universidad Autónoma del Estado de México otorgándole Mención honorífica, un segundo puesto, seguro que merecidísimo, que certifica la calidad de la novela. Mis más sinceras felicitaciones a Mauro Barea, un escritor joven que nos seguirá dando agradables sorpresas literarias, estoy seguro. Uno, a veces, sueña con escribir historias así. Ah, y no diré si la Beretta llega a dispararse o no... Tendrán que averiguarlo ustedes.

 

               Antonio Díaz González



domingo, 10 de mayo de 2020

El despesque

Fotografía de Ignacio Escuín 


Terminó la temporada de cosecha y ya el sol, cansado, se enfurruña en otros pagos. Ya los mares dejaron a nuestros pies su legado de sal. Ya reparte su sabor a otros imperios. El otoño, de nuevo, es festivo en la bahía. Los esteros se disfrazan de escamas, sapinas y salicornias. Todo está a punto. Bailas, lisas, doradas, serranillos, anguillas, zapatillas, robalos, ahítos de vida, brillan en sus giros y, ofrecidos, tornasolan las superficies dando gracias a los dioses. Hay hombres recios que conocen el misterio. Sus risas causan lágrimas en garzas y cormoranes. Señor de todos los tiempos, diosa de todas las criaturas, el escenario está servido. Puede empezar el despesque. 


                 Antonio Díaz González





Fuente: Patrimonio La Isla (https://www.facebook.com/search/top/?q=patrimonio%20la%20isla&epa=SEARCH_BOX)

sábado, 9 de mayo de 2020

La flor y el caminante


Foto: Antonio Díaz

Caminante,

honrarás a esa flor si, 

al encontrarla en un sendero, 

te acuerdas de alguien. 


Y honrarás a ese alguien si, 

como homenaje, 

decides no apartarla de su planta.


          Antonio Díaz


          


martes, 21 de abril de 2020

Coqueteo





Mi relación con la Poesía es de puro coqueteo. Ni a ella ni a mí nos van las relaciones formales. Pasar a otro nivel podría terminar con nuestras miradas deseosas y esporádicas. Ella, la Poesía, me espera paciente en cualquier esquina, escondida en una duna cerca del mar, en las arrugas de un viejo, al otro lado de un paso de cebra o bajo el temblique de un pétalo. Yo hago como que la olvido y, disimulando, dando patadas a las piedras, transito por sus derroteros buscándola de reojo. A veces, solo algunas veces, sale a mi encuentro. Yo no le digo nada y, mientras la contemplo, emocionado, me voy acercando, con miedo a asustarla e intentando retener el instante. Hasta que me corresponde, levantando sus párpados e iluminándome con su mirada. Entonces, eufórico y nervioso, me palpo los bolsillos, intentando recordar dónde puñetas dejé mi cuaderno.


         Antonio Díaz González

jueves, 2 de abril de 2020

Ulises confinado (3)




Herbert James Draper, Ulysses and the Sirens



Apenas si tengo algo en común conmi­go mismo, y debería meterme en un rin­cón, en completo silencio, contento de poder respirar.

Franz Kafka


Hace unos días escuché y vi con interés una entrevista de 1976 a Miguel Delibes en el programa de TVE A fondo, cosas del confinamiento. Me llamó la atención, entre otros muchos asuntos, su interés por retraerse, por apartarse del mundo bullicioso de las multitudes. Y no es el único. Grandes pensadores consiguieron su estado de máxima concentración y rendimiento intelectual gracias al silencio, como Montaigne en la biblioteca de su castillo.

Los grandes progresos tecnológicos en comunicación nos dan la posibilidad de hablar, conectarnos, comunicar, y nuestros mensajes llegan a miles, millones con un poco de habilidad, de receptores. Tenemos a mano tantas herramientas que nos da la impresión de necesitarlas. También disponemos de miles de productos alimentarios y no se nos ocurre atiborrarnos con todos ellos, sin embargo, caemos constantemente en la trampa de la comunicación. Esto solo consigue que el runrún del sonidos y mensajes que nos rodean no nos dejen percibir los verdaderamente interesantes.

Recuerdo que, en mis tiempos de técnico de telecomunicaciones, reparaba con frecuencia un dispositivo electrónico de los radiotransmisores, el Squelch. No era otra cosa que un recortador de señal de entrada que evitaba ruidos innecesarios en el receptor mientras no llegaba la señal deseada. Creo sinceramente, y más en estas fechas de incertidumbre, que tenemos que aprender a que nuestras mentes hagan esa misma función, eliminando opiniones, soflamas, bulos, mentiras y demás sonidos espurios e interesados que solo nos desazonan y confunden. No se trata de atarse a un mástil como Ulises ni de taparse los oídos con cera como sus marinos, no es eso. Es, simplemente, buscar ocasiones de sosiego, encontrar largos espacios de tranquilidad para la reflexión en silencio, como acertadamente nos recomienda nuestro querido José Antonio Hernández Guerrero en su libro El arte de callar.

Jorge Drexler nos mostró con una canción el valor del silencio con un ejemplo muy gráfico con su canción sobre los faros Doce segundos de oscuridad.  




Los marinos saben muy bien que, cuando navegan en la oscuridad, lo que en realidad les ubica no es la luz de un faro, sino el silencio, los segundos de oscuridad que hay entre destello y destello.

Tenemos constantemente en nuestros oídos, ante nuestros ojos, infinidad de mensajes que nos intentan indicar el sendero por el que debemos transitar. Pero resulta que, en los senderos actuales, los de nuestros campos y montañas, está ahora mismo creciendo la hierba y pronto se mimetizarán en la naturaleza. Quizá sea una señal para que, cuando todo esto pase, decidamos si elegir libremente otros caminos por los que transitar.


           Antonio Díaz González

Desesperación




Había pensado en ello muchas veces, aunque sin atreverse nunca. Pero las circunstancias habían cambiado. De nuevo, agobiado por el confinamiento, volvía a la misma idea recurrente con la mirada fija en el espejo. Se dirigió al salón de la casa, miró a su mujer y luego a las tijeras sobre la mesa, alternativamente, varias veces, hasta que por fin se decidió. Tomó las tijeras, se acercó a ella y le preguntó: ¿Me pelas?


             Antonio Díaz González


Imagen: https://modaellos.com/peinados-de-mario-casas/

jueves, 26 de marzo de 2020

REUNIÓN CLUB DE LETRAS 6-3-20. CRÓNICA




Salón de Grados de Derecho, Campus Universitario de Jerez
6 de Marzo de 2020.


A las 6 de la tarde y tras las bienvenidas y saludos, iniciamos nuestra reunión con un minuto de silencio que nos permitió crear el clima adecuado para reflexionar, concentrarnos y así aprovechar al máximo nuestro breve encuentro.

A continuación se presentaron por parte de José Antonio Hernández Guerrero las últimas obras de nuestros compañeros: en narrativa “La memoria en llamas”, de Antñín Díaz, y en poesía las dos creaciones “Código de sanación a la naranja” y “Acrósticos y otras palabras discordantes” de Maritxé Abad y la publicación “Te lo he dicho con el viento” de Enrique Rojas.

(se adjunta, como elemento principal de esta reseña, la intervención íntegra del director del Club de Letras)

Los autores hicieron comentarios sobre sus obras y leyeron algunos relatos y poemas; asimismo los asistentes pudimos dirigirles varias preguntas, estableciéndose un interesante debate en el que destacó la idea de que la buena literatura, para convertirse en clásica, debe ser independiente de las circunstancias vitales y particulares del escritor en el momento de la redacción de su trabajo.

Esta presentación, ya convertida en tertulia se alargó un buen rato y finalizó con el reparto de ejemplares del texto “La escritura narrativa”, de referencia en este curso, a aquellas personas que   aun no lo tenían.

Finalmente nos despedimos siendo ya las 20,15 horas, hasta nuestro próximo encuentro.


Reseña elaborada por Agustín Fernández Reyes.



          PRESENTACIÓN EN JEREZ, 6 DE MARZO DE 2020
José Antonio Hernández Guerero


“La memoria en llamas”, de Antoñín Díaz

Los relatos literarios nos descubren lo que está oculto en cada uno de nosotros. Cuando poseen calidad, constituyen esa híbrida expresión del fondo íntimo del ser humano, de ese reducto “sagrado” en la que se encuentran el espíritu y el cuerpo, el pensamiento, la fantasía, las emociones y las sensaciones: la realidad y la ficción.

Los relatos literarios están situados en la intersección de la conciencia y del mundo. En contra de los que piensan que lo único digno de la literatura es el reino del espíritu y frente a los que opinan que, por el contrario, la literatura es el triunfo de la materia, nosotros defendemos la tesis de que la gran literatura es la revelación del “espíritu impuro”. Es decir, refleja ese ser humano que vive en un confuso universo de lucha, de triunfos y de fracasos.  Lo peculiar del ser humano es esa oscura y desgarrada región del alma en la que lucha el bien y el mal: el amor y el odio, la realidad y la ficción, la esperanza y el sueño, el pasado y el futuro, la luz y la oscuridad.

El alma, el espíritu, la mente o como queramos llamarla, es esa mezcla confusa de aspiraciones de eternidad y de impulsos ciegos que nos conducen a la muerte, es esa combinación de lo relativo y lo absoluto, de lo diabólico y lo divino

Estas afirmaciones tan elementales las confirman los relatos titulados Memoria en llamas, una invitación amable para que penetremos en el fondo de nuestras propias experiencias. La literatura es una senda imprescindible para descubrir y para explicar los múltiples sentidos de la vida humana.

En mi opinión, uno de los valores más importantes de este libro es el tino con el que el Antonio identifica las claves secretas de la escritura literaria. La claridad con la que nos explica los significados de esos comportamientos reales que, a primera vista, parecen inverosímiles. En este libro nos demuestra que él es ese observador atento que nos señala los comportamientos tan frecuentes que, mirados superficialmente, nos parecen extraños, fantásticos e irreales, pero que, para la mayoría de nosotros, carecen por sí solos de fuerza literaria.

¿Dónde reside -me pregunto- esta habilidad para construir estas obras de arte?

En primer lugar -respondo- en su decisión de permanecer sumergido en el fondo de la corriente de la vida con los sentidos abiertos para captar las resonancias emotivas de esos episodios aparentemente incomprensibles.  Y es que la vida humana es esa realidad que supera el pensamiento racional y los comportamientos convencionales. Y es que, efectivamente, la imaginación, las sensaciones y las emociones participan y, a veces de manera dominante, en el juego de la vida. Por eso -y esta es mi primera conclusión tras la lectura- este libro, que Antoñín apela a nuestra memoria emocional, no es, ni mucho menos, una colección de meras anécdotas divertidas sino una invitación amable para que penetremos en el fondo de nuestras propias experiencias y para que analicemos nuestros comportamientos normales y, quizás, nuestras reacciones extrañas.

         Este libro es sorprendente: eso es lo primero que hace el lenguaje literario: Sorprender. Os confieso que estos relatos me han sorprendido porque me han hecho pensar en la permanente contradicción y en la inquietante contrariedad de nuestras vidas cotidianas, y, además, me han servido para constatar las “cuerdas invisibles” que mueven esas sorprendente contradicciones de las experiencias diarias.

Todos estos relatos -poemas intensos- son unos acertijos que nos plantean interrogantes desde las primeras palabras, y generan unos incontenibles deseos de adivinar unos desenlaces que, en la mayoría de los casos, no coinciden con los finales de los relatos.

Este libro despierta la curiosidad: esa es otra de las funciones que ejerce el relato literario: despertar la curiosidad. Antonio Díaz hace gala de una amplia batería de procedimientos técnicos para despertar nuestra curiosidad, para mantener nuestra atención y para sugerir respuestas múltiples que, por supuesto, siempre se ven superadas. Sus enigmas nos hacen sentir y, a veces, hasta reflexionar y analizar las entrañas del pensamiento y las raíces de las emociones, pero siempre, además, nos provocan una sonrisa como expresión de nuestra complicidad con las delirantes travesuras: todos estos relatos generan una atmósfera de cordialidad y de “simpatía”.

¿Por qué -me pregunto- estas historias son interesantes?

Sus historias son interesantes porque son verosímiles, creíbles. Y es que, efectivamente, Antonio nos demuestra que conoce y aplica con notable destreza las técnicas del relato breve y, en especial, que está dotado de una singular habilidad para identificar el nervio íntimo que proporciona verosimilitud a la historia, pero es que, además, nos muestra su singular sensibilidad poética, su inagotable capacidad para hacer que “una cosa sea otra cosas” porque, efectivamente, él nos descubre que las punzadas no son como las libélulas, sino que “son libélulas” (p. 48).

Pero es que, además, sus relatos nos divierten, nos emocionan y nos hacen pensar. Cada uno de los relatos nos demuestra que él posee un gusto exquisito para condimentar los textos con una equilibrada proporción de procedimientos clásicos y de recursos actuales, como, por ejemplo, el dibujo escueto intensamente expresivo de los protagonistas, la cuidada selección de los rasgos que enmarcan cada historia y, sobre todo, la agilidad en el relato de unos episodios que, además de sorprendernos, nos divierten, nos emocionan y, como dije anteriormente, nos hacen sentir, soñar y pensar.

Fíjense, por ejemplo, en el veloz ritmo narrativo que, gracias al uso de polisíndeton, llega a ser trepidante y que nos contagia la ansiedad de Alinandito cuando, cubierta la cabeza con una bolsa de plástico, está a punto de asfixiarse y de caer desmayado.

Antonio posee una singular habilidad para manejar las emociones. A mi juicio, uno de los aciertos más valiosos de esta obra es la habilidad que exhibe Antonio Díaz para detectar y para manejar las emociones como factores determinantes de la expresividad literaria, la destreza para penetrar en el ámbito de los sentimientos, de los nuestros y de las personas que nos rodean, ese sistema de impulsos, a veces incontrolables, que motivan y explican la mayoría de nuestros comportamientos.

Y es que, efectivamente, como nos dice en la introducción del relato titulado “La bolsa de jabón Lagarto”, en el funcionamiento del cerebro podemos encontrar las claves de algunas de las asociaciones literarias más originales como, por ejemplo, “los extraños mecanismos que desatan los nudos gordianos de nuestras neuronas: un perfume, un sonido, una palabra… son llaves que nos liberan las escondidas vivencias de nuestra infancia”, p. 98).

Me permito ofrecer un consejo: que lean detenidamente el prólogo, antes de abordar los relatos y que, después, vuelvan a leerlo.







Breve preámbulo a los poemas de Maritxé Abad i Bueno y Enrique Rojas

A los poemas de Maritxé Abad i Bueno y de Enrique Rojas hago una introducción general y, después, unos comentarios a cada uno de sus libros:

El paraíso que vale la pena instalarse para escribir poemas es la intimidad ese recinto sagrado que nos obliga al respeto, al agradecimiento y al secreto. Para leerlos con gusto es necesario que seamos conscientes de que sus autores nos eligen como sus confidentes y como sus cómplices. Es necesario que tengamos en cuenta que en ellos Maritxé y Enrique han refugiado los latidos intensos de sus corazones y de sus entrañas. Por eso, para calar en todos sus sentidos, debemos -deberíamos- abstraernos de los ruidos que nos rodean. 


“Código de sanación” y “Acrósticos”, de Maritxé Abad i Bueno

         Defino los tres rasgos fundamentales

-    Densidad
-    Intensidad
-    Hondura

La densidad está determinada por la elevada cantidad de valores estéticos que encierra en cada uno de los poemas:

-    las imágenes en diferentes fórmulas gramaticales, léxicas y semánticas.
-    La abundancia de sorprendentes y originales paradojas.
-    Los oportunos paralelismos.

Con estos procedimientos nos descubre las esencias de comportamientos humanos, la médula de significados ocultos en palabras y en sonidos.

1.- Como ejemplo de estas afirmaciones, os animo para que os fijéis como, en el primer poema, titulado “Reeducación Vesical”, nos cuenta cómo cada órgano corporal posee individualidad, personalidad humana propia, pero se siente solidario con los demás, y, tras superar un accidente inoportuno, ofrecen y reclaman nuevas formas de ubicarse, y se esfuerzan generosamente para hacer posible la convivencia entre todos ellos. Y es que, hacer poesía, es identificar la dimensión humana de cada uno de nuestros miembros, de cada una de nuestras acciones y de cada uno de nuestros objetos. 

2.- Sí, esa es la razón profunda que explica cómo la palabra, el silencio, el gesto o la simple presencia del médico poseen el poder taumatúrgico de curar el cuerpo y de serenar el espíritu.

3.- Por eso, el despertar en la unidad de cuidados intensivos, es un grito de esperanza y, sobre todo, un himno de gratitud, una irreprimible canción de amor.

4.- Y la aplicación de la santa y milagrosa Morfina suscita una fervorosa oración, una ofrenda de agradecimiento. 

Renacer entre naranjos

1.- En “Al compás” el paisaje y el tiempo, el escenario y la acción resumen y condensan los contenidos fundamentales de la vida humana, la actividad y el movimiento -vita est in motu dice la filosofía medieval- y su paso, su paseo, por la tierra, por el suelo.

2.- En “Nuestro hogar” se recrea la atmósfera calidad generada por recuerdos entrañables, por vivencias íntimas y por proyectos ilusionantes de una vida compartida.

3.- Y el mar Mediterráneo –que encierra, refleja, proyecta y “regala” el rostro amado de la madre que vuelve a encender las llamas del amor, del dulce amor agradecido, de la luz que descubre los secretos de la vida, el misterio fecundo del momento presente:

Toda la luz nos circunda
nos devuelve al misterio
del presente que estalla








“Te lo he dicho con el viento”, de Enrique Rojas Guzmán

El comentario sobre su anterior libro Las huellas del agua lo empezaba con tres palabras, tres afirmaciones rotundas:

-    Sorpresa
-    Alegría
-    Esperanza

En este segundo libro, Te lo he dicho con el viento sólo mantengo la segunda –la alegría porque ya ni me ha sorprendido y la esperanza se ha disipado con la constatación de la realidad.              

El misterio de la poesía se produce cuando el poeta acierta orientando hacia la confluencia mágica sus diversas sensaciones de cada uno de sus sentidos, las resonancias emotivas y los ecos íntimos de sus entrañas corporales y mentales.
Cuando nos descubre los mensajes trascendentes que le dirigen cada uno de los seres de la naturaleza.

Enrique sabe que todos los seres de la naturaleza son seres animados. Todavía más: todos los elementos de la naturaleza el viento, el mar, el sol, la luna son seres vivientes dotados de sensaciones y de emociones, y que, por eso, sienten y padecen, y, por eso, hablan, gritan, callan y escuchan. Enrique conoce, además, ese código secreto con el que la naturaleza transcribe sus mensajes: su pronunciación, su gramática y su peculiar diccionario.

Por eso podemos afirmar que el Enrique es un intérprete o, mejor, un traductor que nos traslada las voces, los silencios, las palabras, las peticiones y las respuestas que esos elementos naturales nos dirigen.

Enrique escucha la voz de la naturaleza que resuena en sus entrañas: cierra los ojos y escucha, y, allí, conecta con esos sonidos y da un paso más importante: pide prestada esta voz a la naturaleza para interpretar y para proclamar el misterio de su amor, aprovecha las melodías y los ritmos cambiantes de los vientos, de las luces, de las nubes, de las mareas, de los soles y de las lunas, para dibujar “cielo infinito de tu boca”,

“Tus ojos son el solsticio del único cielo que adoro.
Tú eres la semilla de la tierra que piso.
Tú eres la gota del mar que se desangra cuando mi llanto.

Hay veces que apagas la luz de la noche
Y me traes el sol que me quema los labios. (P. 44)

Todo esto lo dice, nos lo cuenta, lo vive, con el propósito declarado de eternizar sus sentimientos, de volverlos inmortales:

“es una forma de eternidad, pues eterna es la persona sobre la que se escribe al quedar ahí, entre los versos, se vuelve inmortal. Es imposible que esa llama se apague, ya que, en caso de olvido, será suficiente con abrir las páginas del libro”.

Porque permaneces,
Entre verso y verso,
Cargada de vida.

Te lo he dicho con el viento…
Y más allá del amor, quiero decírtelo con el olvido”.

Y aquí, en esa promesa de eternidad y de olvido, Enrique nos explica el secreto de su poesía, el misterio de la existencia humana: la paradoja:

Esa contradicción permanente entre la presencia y la ausencia, entre el hueco vacío, a pesar de su pretensión de llenarlo, entre el vacío de palabra y la plenitud del silencio, entre su espíritu transgresor y su fidelidad a la promesa. No olvidemos que la transgresión encierra un aliciente y que la subversión posee el atractivo que despiertan las prohibiciones.

Este poemario es una manera de hacer justicia, de pagar una deuda y de mostrar gratitud.
Es un canto de “acción de gracias”, sí de gratitud, de amistad y de amor.

Al rumor de los mares, Océano inmenso de libertad.
   










miércoles, 4 de marzo de 2020

Encuentro Club de Letras en Jerez de la Frontera (6-3-2020)





Amigos y amigas del Club de Letras, os recuerdo que el próximo día viernes 6 de marzo, a las 6 de la tarde, nos reuniremos en el Salón de Grados del Campus de la UCA en Jerez (Avenida de la Univesidad S/N)

En este encuentro presentaremos los últimos libros publicados de nuestros compañeros Maritxé Abad, Antonio Díaz y Enrique Rojas (se adjunta el cartel que ha preparado Maritxé Abad. Gracias, compañera), escucharemos las reflexiones de José Antonio Hernández y -si tenemos tiempo- podremos leer cada uno un breve texto (no más de 25 líneas) que preparemos para la reunión.

¡Espero que nos encontremos en Jerez! Un abrazo para todos,

              Agustín Fernández Reyes
              Coordinador de actividades  

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lunes, 14 de octubre de 2019

Terra incognita






Pocas veces he percibido tanta conexión entre una obra y su prólogo como en esta novela de Mauro Barea, Terra incógnita. Aquí, el historiador Salvador Campos Jara, nos orienta con una extensa relación de anteriores trabajos sobre el personaje Gonzalo Guerrero, héroe épico y personaje principal de la novela. Con su extraordinario conocimiento del personaje, se pregunta también en estas letras si no servirá este texto como herramienta para conocernos mejor nosotros mismos y afirma que Terra incógnita es “una trama y documentación verdaderamente sólidas llevados con un pulso narrativo magistral”. Y es que Mauro Barea podría haber aprovechado sus extensísimos conocimientos sobre la historia de Gonzalo Guerrero para crear una buena novela plagada de datos históricos, pero en vez de eso, decide hacer vivir a sus personajes sobre emociones y vivencias nítidas, sin que el protagonismo de sus datos históricos apabulle o ensombrezca la aventura épica de sus personajes. Consigue así, no una buena, sino una magnífica e imprescindible novela con la que despertar todos nuestros sentidos.


Mauro Barea, mexicano residente ahora en Andalucía, nos describe el viaje de un andaluz que, a pesar de haber permanecido en las sombras durante siglos, renace de nuevo en nuestro imaginario mítico. Su viaje, guiado siempre por un “Destino” inevitable, se desarrolla en el siglo XVI, en plena fiebre conquistadora española. Un viaje hasta poniente hasta convertirse en renegado, náufrago, esclavo, jefe militar maya, libertador y que, curiosamente, resulta el mismo trayecto que Mauro realiza ahora hacia levante buscando literariamente al héroe en esta obra. 



Desde el principio, se percibe en su lectura un aire poético que huye de la descripción materialista y vacía. Sus párrafos están cargados de riqueza narrativa, tanto de situaciones como de términos, sin dejar a un lado un ritmo narrativo que va creciendo hasta embriagarnos. Nada más terminar el primer capítulo, el lector ya se ha visto envuelto en un misticismo maya, una atmósfera absoluta que está por encima del bien y del mal. Y uno, que presume casi siempre de su agnosticismo, duda si no será ese el verdadero espíritu de la humanidad, si no será ese ambiente de volutas de incienso tan sólido como el rocoso y sagrado relieve de sus glifos y paredes labradas, y uno comienza a dudar, también, de la artificialidad de todo aquel tsunami que, terriblemente, los arrastró desde Oriente. En Terra incógnita hay muchas referencias al Gonzalo Guerrero español, pero también, y casi con más fuerza, al andaluz, con su filosofía propia y bien definida, algo que egoístamente tengo que agradecer a Mauro Barea.



Mauro crea con esta narración un entorno, un mundo nuevo, mezcla del encuentro de las dos formas de vivir. Y no solo lo hace con la atmósfera que crea, también lo consigue con la figura del narrador. Pocas veces caemos en la cuenta de que la figura del narrador en una novela es un personaje más, otra de las creaciones del autor. Pues bien, el narrador de Terra Incógnita no es Mauro Barea, es una figura creada por él magistralmente, alguien que también se mueve, discurre y habla desde una atmósfera nueva. Casi puede oírse su entonación neutra, sin acentos, lo que le hace cobrar autoridad, tanto para describir una escaramuza indígena en la selva del Yucatán como para moverse entre hijosdalgo y castellanos rancios en una tasca española. No escribe desde México ni desde España, sino desde esa mezcla equidistante de dos filosofías antagónicas. .


Resulta curioso que, en esta orilla, se creara el concepto nuevo mundo para definir una realidad como mínimo tan antigua como la nuestra cuando, a mi entender y coincido con Mauro Barea, ese concepto debería ser aplicado al que surgió con el encuentro, al que fue conformado con la mezcla de dos culturas muy diferentes.

En Terra incógnita están muy bien descritos los intersticios de la conquista de América. Las discusiones previas a las campañas, los planteamientos, motivos personales, de honor, etc. de los hombres que se introducirían más tarde en la selva para dominar a otros pueblos. Estos hechos se narran aquí con tal naturalidad y con un realismo tan eficaz que apenas asoma, sin estorbar, el indudable y extensísimo trabajo de estudio y documentación del autor. Terra incógnita resulta una excelente herramienta para embarcarse en las carabelas, sufrir los embates de las tormentas y demás calamidades y afrontar, fondeados en alguna bahía, el nervio de ver indios entrando y saliendo de selvas interminables y exóticas, pero también para caminar entre los soldados del Mayab y sorprenderse con ellos de la llegada de las carabelas cargadas de arcabuces, caballos, mastines, cañones y tambores, y sentir con ellos la emoción y el terror de sus primeros estruendos. 

Pero no nos confundamos, de todas las virtudes de esta novela no hay ninguna que borre un ápice su facilidad de lectura, su magnífica forma de llevarnos hacia las emocionantes páginas finales, su control de la trama y su ritmo narrativo. En definitiva, como en tantas otras historias épicas, ésta es una novela en la que cada lector o lectora se va a reconocer en alguno de sus personajes y, consecuentemente, va a disfrutar con cada página. Muchas felicidades, Mauro Barea, por esta magnífica obra. 


        Antonio Díaz González

martes, 1 de octubre de 2019

¿Te estriñe la vida?



Imagen: Grito de Ignatius Farray, 


¿Te estriñe la vida?

He caído en el atrevimiento de analizar el mal ambiente en las redes sociales: los insultos, las descalificaciones, incluso las alegrías ante las desgracias ajenas o los deseos de que éstas se produzcan. Todo un muestrario de consecuencias, en definitiva, del odio al otro. Desafortunadamente, no he tardado ni media hora en recopilar un buen catálogo de insultos, pero, pensándolo bien, he decidido no mostrar nada de eso. Y no lo haré porque enseguida he meditado sobre quienes ejercen esa “libertad de expresión”. Y me he preguntado, más bien os pregunto, señoras y señores insultantes, qué es lo que os mueve a tanta mala baba. Recuerdo una escena, hace ya muchos años, poco tiempo después de la inauguración de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia. Estaba en la cola para comprar las entradas, rodeado de paisaje futurista y de elementos arquitectónicos muy avanzados. El interés del público fue tan grande que se formaron colas para entrar y tardamos más minutos de lo previsto, nada que no se pudiera superar con un poco de paciencia. Sin embargo, el señor que me precedía, ofuscado, no paró de decir en todo momento que “aquellas colas eran tercermundistas”. Ese es el detalle. La forma de percibir lo que nos rodea. Hace poco leí el resultado de un experimento en el que enseñaban un acuario a un grupo de occidentales por un lado y a un grupo de orientales por otro para pedirles luego un análisis de lo que habían visto. Los occidentales coincidían en analizar la jerarquía de los peces, cuáles eran los más fuertes y cuáles los más débiles. Los orientales, en cambio, hacían un planteamiento del equilibrio más complejo en todo el acuario, incluyendo paisaje, flora, colorido, etc. Curioso eso de la mirada ¿verdad? He padecido bastante de la espalda, hace algunos años sobre todo, y en los peores momentos siempre acudió a mi mente una pregunta: ¿Qué me habría pasado con esa dolencia si yo hubiera nacido unos kilómetros más al sur, al otro lado del estrecho? ¿Dónde estaría yo ahora? La mayoría de las veces no caemos en la cuenta de dónde estamos, no reflexionamos sobre nuestro paisaje social, político y cultural. Hay que exigir a nuestros representantes, sí. Y hay que exigir que nuestras instituciones funcionen con honestidad y pensando en la ciudadanía. También. Pero menospreciar nuestra democracia, echar por tierra todo lo que hemos logrado, comparar lo nuestro, nuestras instituciones, nuestro sistema sanitario, y tantas y tantas cosas de nuestra sociedad, con las de otros países tercermundistas es tener una visión muy distorsionada de la realidad. Con demasiada facilidad, cada día más, estamos llegando a valoraciones despectivas y, lo que es más grave, a la descalificación y el odio. Usamos los insultos más extremos con demasiada facilidad. Llamamos fascista y otras lindezas a cualquiera que no coincida con nuestra ideología. Hoy por una señal de tráfico mal colocada, mañana por un letrero en un ayuntamiento, pasado por cualquier pamplina en un centro de salud, y el otro por una idea política o nacionalista de un lado o del otro. ¿Qué nos está pasando? No me gustaría ser pesimista, pero el proceso de aumento del odio y el manejo de las masas a través del mismo fue magistralmente descrito por Manuel Chaves Nogales en algunos de sus libros y relatos. ¿Estamos llegando a eso mismo? Espero que no. Y repito la pregunta a los insultantes: ¿Qué es lo que os mueve a tanta mala baba? ¿Qué os ha pasado en vuestra infancia para que vuestra vida esté tan llena de acritud? ¿No hay nadie que os acaricie de vez en cuando? ¿No habéis descubierto aún la poesía de una puesta de sol o el estremecimiento ante la belleza de una flor? ¿Necesitáis acaso un buen abrazo? ¿Qué os falta para que vuestras neuronas se ocupen en tanta inquina y no de solucionar los problemas por una vía más constructiva, razonable y discreta? ¿Serán los alimentos? ¿Coméis suficiente fruta? ¿Alimentos ricos en fibra? Quizá sea eso, el estreñimiento. O quizá sea la vida, la vida misma la que se os atraganta, la que os estriñe. No os extrañe.



           Antonio Díaz González

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