Club de Letras UCA (Cádiz, Jerez de la Frontera y Algeciras)
Director: Profesor de la UCA Dr. José Antonio Hernández Guerrero
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domingo, 20 de septiembre de 2015

Hacia un nuevo humanismo. Gracias.







                                                         63.- Gracias


Al poner fin a estas reflexiones -elementales e incompletas- sobre algunos de los valores que, a mi juicio, hemos de cultivar para lograr ese “nuevo humanismo” demandado por algunos sectores de la sociedad actual, me limito, simplemente, a daros las “gracias”. Esta palabra, biensonante y grata, posee amplios, variados y ricos significados. Si para los creyentes designa ese regalo que nos hace hijos de Dios y que, por lo tanto, constituye el fundamento de una profunda fraternidad, a todos los demás hablantes nos sirve para expresar nuestra respuesta cordial por los favores y por las atenciones recibidos. Es una de las expresiones que más contribuyen a aumentar el bienestar personal, familiar y social.

Os doy las gracias, en primer lugar, a los responsables de esas páginas Web que me han regalado -de manera “gratis y graciosa”- la posibilidad de dirigirme a vosotros, mis los lectores. Creedme, por favor, si os confieso que habéis sido vosotros –alumnos, compañeros y amigos- los que, con vuestras estimulantes preguntas, con vuestras agudas críticas y con vuestros atinados comentarios, me habéis señalado los asuntos y, a veces, hasta me habéis dictado las palabras. Gracias.

A partir de hoy, todos -vosotros y yo- descansaremos, durante unas cortas semanas, de estos rollos tan teóricos y tan pesados, pero, tras unas breves vacaciones, reflexionaremos, por ejemplo, sobre “Las claves del bien-estar”. Un tema que, sugerido por muchos de vosotros, está relacionado con el “bien-ser”, con el “bien-pensar” y con el “bien-sentir”, y, de una manera más concreta, es un asunto que tiene mucho que ver con las cuestiones que más nos preocupan como, por ejemplo, la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, los dolores y con los placeres, la familia y los amigos, la riqueza y la pobreza. Un abrazo cordial y agradecido.




     José Antonio Hernández Guerrero 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Hacia un nuevo humanismo. La preocupación por el futuro


62.- La preocupación por el futuro
                                      
El futuro, además de constituir el contenido luminoso de las ilusiones y de las esperanzas, origina la mayor parte de nuestros oscuros temores y de nuestras inquietantes preocupaciones: el miedo, ese veneno que nos paraliza, siempre se refiere al futuro. Los seres humanos, además de arrastrar el peso del pasado, construimos el presente con elementos del futuro que, por mucho que tratemos de asegurarlo, siempre es incierto debido a las amenazas de  nuestra propia inestabilidad, a los ataques de algunos conciudadanos y a los peligros de la naturaleza. Vivir el presente, por lo tanto, es arrancar el absolutismo del aquí y del ahora mediante la conciencia del discurrir permanente del tiempo que siempre es efímero.

Esa tendencia a la propia conservación a través del tiempo, golpeada por la conciencia de un horizonte amenazador del tiempo futuro nos impulsa a que nos rodeemos de medios poderosos que, real o imaginariamente, aseguren el bienestar futuro. Pero para evitar que ese afán por salvarnos cada uno por nuestra propia cuenta nos lleve a una encarnizada lucha de todos contra todos, hemos de convertir el poder individual de la autoafirmación en una lucha colectiva que nos haga iguales y solidarios, aunque perdamos algo de soberanía individual.

Esta es, a mi juicio, una de las “misiones” de los intelectuales: crear expectativas colectivas de futuro y llenar de contenidos no sólo la esperanza sino también la espera de lo por venir, ayudando a salir del instante y del instinto.


 José Antonio Hernández Guerrero



sábado, 5 de septiembre de 2015

Hacia un nuevo humanismo. El virus mortífero de la avaricia.


61.- El virus mortífero de la avaricia.
                                    

La avaricia, ese ansia incontrolada de poseer y de acumular bienes materiales, incluye un conjunto de síntomas similares a los de la bulimia, esa patología mental que genera la necesidad incontrolable de ingerir grandes cantidades de alimentos. Los dos comportamientos enfermizos tienen su origen en un sentimiento de inseguridad que, paradójicamente, acumula pero empobrece, engorda pero debilita, harta pero no sacia, infla pero esclaviza, engulle pero no saborea. Las dos son enfermedades graves, crónicas y degenerativas. Las dos son suicidas y antisociales porque nos destruyen por dentro y aniquilan la convivencia.

En ambas patologías, los bienes materiales, en vez de ser nuestros alimentos o nuestras medicinas, se convierten en venenos engañosos y mortíferos, en virus tóxicos que nos corroen las entrañas y arruinan la convivencia porque impiden unas relaciones saludables con la naturaleza y con los demás hombres y mujeres. La desigualdad generada por la riqueza desproporcionada de unos pocos y por la pobreza lacerante de unos muchos  hace crecer las pasiones más destructivas como el odio, el rencor y el resentimiento, tanto en la familia, como la política, en los deportes, en las profesiones, en las artes e, incluso, en las religiones.


 José Antonio Hernández Guerrero





lunes, 31 de agosto de 2015

Hacia un nuevo humanismo. Las reales amenazas de la paz






60.- Las reales amenazas de la paz
                                                         

Por muy cansino que nos resulte, no tenemos más remedio que insistir en que somos nosotros –tú y yo-, quienes desbaratamos el orden, rompemos la armonía, destrozamos el equilibrio, trituramos la cohesión y fragmentamos la unidad, esos valores que son determinantes en la construcción de un mundo en paz. Somos nosotros –tú y yo- los que, con nuestros comportamientos antinaturales, irracionales e inhumanos contra la naturaleza, contra los seres inanimados, contra las plantas, contra los animales y, de manera especial, contra nuestros conciudadanos, impulsados por vicios y por perversiones, constituimos unas amenazas permanentes para la paz: inoculamos gérmenes patógenos que nos corroen por dentro, e infestamos a la sociedad con unos venenos destructivos que nos enfrentan hasta la muerte.
Somos nosotros –tú y yo-, los que, con nuestra avaricia, destruimos la relación con la naturaleza y con las cosas; los que, con nuestra crueldad rompemos los vínculos que nos unen con las otras personas; los que, con nuestros engaños, depravamos las funciones del lenguaje: los que, con nuestros orgullos, disparatamos nuestra propia la visión; y los que, con nuestra prepotencia, desintegramos la cohesión de la sociedad. Lo digo de otra manera: el mayor enemigo de la paz está alojado dentro de nosotros mismos, son esos impulsos irreprimidos, son esos sentimientos perturbadores que, a veces, están camuflados con apariencias benéficas, son esas bajas e incontroladas pasiones exclusivas de los seres humanos porque, como tú sabes, no las poseen los demás animales.


  José Antonio Hernández Guerrero


lunes, 24 de agosto de 2015

Hacia un nuevo humanismo. La paz no es sólo calma sino, también, lucha


59.- La paz no es sólo calma sino, también, lucha
                                               

Para comprender el amplio y el rico significado de la palabra “paz” podemos recordar las ideas, las sensaciones y los sentimientos que experimentamos cuando, por ejemplo, en una tarde de otoño, paseamos tranquilamente por la campiña, por la orilla del mar o por una montaña solitaria. ¿No es verdad que nos da la impresión de que el bienestar y la felicidad tienen mucho que ver con esa quietud, con esa tranquilidad, con esa calma y con ese sosiego que nos resultan tan agradables?

Pero hemos de evitar la tentación de pensar que la paz es sólo eso: quietud, tranquilidad, calma o sosiego. Si prestamos atención, podremos observar que, incluso en esos paisajes, hay movimientos y sonidos, hay trabajo y lucha, hay luces y sombras: hay, sobre todo, vida. ¿Por qué –nos preguntamos-, sentimos esas sensaciones placenteras a pesar de esos cambios, a veces bruscos, a pesar de que cada elemento trabaja duramente y lucha de manera esforzada por sobrevivir, por defenderse y por crecer.

Porque en esos lugares reina el orden, la armonía, el equilibrio, la cohesión y la unidad. Si seguimos prestando nuestra atención, es posible que podamos aprender de esos paisajes unas lecciones importantes que nos ayuden a encontrar los caminos que nos conducen a nuestra paz individual y a nuestra paz colectiva. Sí, yo estoy convencido de que las claves de la paz nos la ofrece la naturaleza y, sobre todo, los seres que están dotados de vida: las plantas y los animales. Podemos decirlo también de otra manera: somos los seres humanos los que, con nuestros comportamientos irracionales e inmorales, injustos e insolidarios, impedimos que, en nuestro mundo, reine la paz. Somos nosotros, los seres humanos, los que hacemos que el mundo sea inhumano. Somos nosotros los que, actuando en contra de las leyes de la naturaleza y de la racionalidad, desbaratamos el orden, rompemos la armonía, destrozamos el equilibrio, trituramos la cohesión  y fragmentamos la unidad.


José Antonio Hernández Guerrero


domingo, 16 de agosto de 2015

Hacia un nuevo humanismo. La paz



58.- La paz                               

     
Permitidme –queridos amigos- que reitere mi felicitación a los creadores, a los organizadores y a los profesores de los talleres de la paz, y que, además, transmita mi sentida enhorabuena a los que han tenido la suerte de participar en las jornadas celebradas en San Pablo de Buceite. ¿Recordáis que en mi análisis sobre la importancia de estas jornadas, partía del supuesto de que la paz es una meta que no nos viene dada, no es un regalo gratuito, sino una lección que tenemos que estudiar, una asignatura que tenemos que aprobar, un objetivo que exige que trabajemos, un bien cuya adquisición requiere mucha constancia y la aplicación de principios morales y el ejercicio de múltiples habilidades psicológicas y de diversas técnicas sociológicas?

Hemos de tener claro, además, que la paz es un bien frágil que nunca lo conseguimos del todo, que se debilita con facilidad y que, al menor descuido, lo perdemos porque son numerosos los obstáculos que hemos de saltar, los impedimentos que la imposibilitan y los enemigos que la atacan.

Con la paz ocurre algo parecido a lo que nos pasa, por ejemplo, si nos caemos al mar o a un río profundo: que si paramos de nadar, nos hundimos. O cuando montamos en bicicleta: que si dejamos de pedalear, nos caemos. O incluso con el motor de una moto, de un coche o de un tractor que, si no le echamos gasolina, se para. Fijaos –queridos amigos- en la fuerza con la que el Papa Francisco ha titulado su Mensaje para la celebración de la 49 Jornada Mundial de la Paz: “Vence la indiferencia yconquista la Paz”.


José Antonio Hernández Guerrero


sábado, 8 de agosto de 2015

Hacia un nuevo humanismo. Estar demasiado sometidos a la realidad pueden succionarnos la dignidad de sujetos libres



57.- Estar demasiado sometidos a la realidad pueden succionarnos la dignidad de sujetos libres


Aunque estamos de acuerdo con Salvador Giner en que las dos formas más frecuentes de estupidez son el optimismo y el pesimismo, pensamos que se da otra tercera actitud frente a la vida humana, probablemente más extendida en la actualidad: el excesivo realismo. Los hombres y las mujeres de hoy estamos atrapados por la realidad y por sus consecuencias inmediatas que abarca nuestra vista-: sólo vemos las apariencias externas y a escasos metros, y sólo percibimos la fachada de los hechos. Por eso, la mayoría de las veces, concedemos a la realidad mayor importancia de la que encierra y más esperanzas de lo que puede ofrecernos. Estar demasiado sometidos al mundo, a sus reglas, a sus normas y a sus estructu­ras, y vivir acuciados por la responsabilidad y por el miedo, a veces nos pueden succionar la dignidad de sujetos libres. Aunque es inevitable y saludable que experimentemos la pesadez de lo real, la gravedad de la vida y el lastre de la existencia, hemos de procurar que la realidad no nos hunda –física, mental y éticamente- con el peso material ni con presión de la gravedad moral.

Para lograrlo hemos de intentar integrar los objetos y los episodios de la vida ordinaria en un proyecto global que nos proporcione unidad y coherencia, que nos descubra lo maravilloso en lo cotidiano. Si nos contentamos con disfrutar sólo con los sentidos, sin añadir unas gotas de imaginación, de ilusiones, de fe, de esperanzas y, sobre todo, de amores, no  podremos disimular el aburri­miento, el fastidio y el hastío.


Empujados por cierta vocación de esclavitud, nos sometemos a las dictaduras de una realidad que nos aburre, abruma, esclaviza, debilita, coacciona y nos infunde miedo porque, con frecuencia otorgamos a la realidad unos poderes tiránicos que nos mantienen en una permanente angustia. Si pretendemos que la realidad no abuse de nosotros y que disminuya su hirientes aristas y su cruel dureza, hemos de fortalecer nuestra subjetividad; hemos de relativizar los hechos, jerarquizar los valores, pensar, imaginar, creer, esperar y, sobre todo, amar.


José Antonio Hernández Guerrero

domingo, 2 de agosto de 2015

Hacia un nuevo humanismo. El primer paso para cambiar la realidad es conocerla y asumirla




56.- El primer paso para cambiar la realidad es conocerla y asumirla

Podemos cerrar los ojos ante los objetos físicos y ante los sucesos reales: podemos ignorarlos, olvidarlos e, incluso, negarlos; pero no está en nuestras manos hacerlos desaparecer como si no hubieran existido. La realidad es tozuda, irrenunciable y, cuando le somos infieles, pagamos sus graves consecuencias de nuestro autoengaño. Por mucho que lo empujemos, el corcho vuelve a salir a flote. No podemos hacer concesiones sobre la gravedad o sobre la dureza de los materiales o sobre la impenetrabilidad de los cuerpos. La realidad física y biológica tiene una naturaleza que hemos de reconocer y aceptar humildemente: si la desconocemos o negamos, se "venga" a su manera de nosotros con un sistema implacable de resistencias y de reacciones.
Pero tengamos en cuenta que la realidad no es sólo física y biológica: es también humana, personal, psicológica, social e histórica. Sus estructuras son más complejas y, por eso, más difíciles de descubrir, de definir y de precisar; pero no por eso son menos efectivas. Y el error respecto a ellas o la falta de respeto también los pagamos con desastres. 
Algunos calvos con las pelucas o con un hábil peinado, no sólo disimulan la carencia de pelos y simulan una gran pelambrera sino que, además, tratan de convencernos a los demás y a ellos mismos de que gozan de una poblada cabellera. No caen en la cuenta de que el disimulo aumenta los defectos y exagera los excesos; pero los engaños suelen ser traicioneros. Podemos corregir y debemos mejorar nuestra manera de ser, pero no cambiar nuestra naturaleza. Los esfuerzos en este sentido generan frustración y tristeza. ¡Hay que ver lo frecuente que es que los ignorantes finjamos ciencia, los torpes simulemos talento, los "malages" aparentemos gracia, los feos presumamos de elegancia, los perversos alardeemos de bondad, los cobardes nos jactemos de valentía, los orgullosos nos vanagloriemos de humildad! No tenemos en cuenta que las falsedades y las falsificaciones producen risa, pena y lástima.                                                         



José Antonio Hernández Guerrero 


Nota del blog: Coincidiendo con la publicación de esta reflexión de nuestro querido José Antonio, nuestra compañera Adelaida Bordés nos ha enviado la noticia de la publicación de una entrañable y emotiva entrevista del Diario de Cádiz a nuestro profesor. Me tomo la libertad de ponerla aquí, a continuación de su artículo, para disfrute de los miembros de Club de Letras y demás seguidores de este blog. Estoy seguro de que será de vuestro agrado. Pincha en cualquiera de las dos imágenes para acceder a la entrevista





Saludos cordiales
Antonio Díaz
Blog del Club de Letras UCA

sábado, 25 de julio de 2015

Hacia un nuevo humanismo. Los seres humanos, para llegar a ser nosotros mismos, necesitamos que un amigo nos explique, con claridad y con tacto, quiénes y cómo somos







                      
55.- Los seres humanos, para llegar a ser nosotros mismos, necesitamos que un amigo nos explique, con claridad y con tacto, quiénes y cómo somos
                                              


Parto del supuesto de que la amistad es un sentimiento, un estímulo, un compromiso y, sobre todo, un ámbito de comunicación más que una obligación de colaboración. Es una relación interpersonal que, basada en una afinidad espiritual, tiende a un acompañamiento vital.
El amigo es otro ser próximo y semejante que nos comprende, aunque no le expliquemos todas las razones de nuestros comportamientos; es el intérprete que identifica las claves de nuestra peculiar manera de ser, aunque no analice psicológicamente nuestro temperamento; es el exégeta que descifra el sentido profundo de nuestros pensamientos, aunque no se lo formulemos con palabras; es el experto que alcanza la razón última de nuestros deseos íntimos y llega hasta las raíces ocultas de nuestros temores secretos, aunque no haya vivido nuestras propias experiencias.
Los seres humanos, para llegar a ser nosotros mismos -sea cual sea el escalón temporal o social en el que nos encontremos- necesitamos que alguien nos explique, con claridad y con tacto, quiénes y cómo somos; necesitamos que nos diga cómo suena nuestra voz, cómo cae nuestra figura y cómo se interpretan nuestras palabras.
La amistad, como todos hemos podido experimentar, constituye uno de los factores más eficientes para fortalecer los mecanismos de defensa de la salud mental y biológica. Estudios recientes como, por ejemplo, los de la profesora  Julianne Holt-Lunstad, de la Universidad Brigham Young de Utah, en Estados Unidos, han demostrado cómo las personas que cultivan la amistad mantienen la tensión más baja, sufren menos estrés, sus defensas son más robustas y viven más tiempo. Sus análisis ponen de manifiesto que “aumenta en un 50% las probabilidades de vivir más si confeccionamos una sólida red de relaciones sociales”. No es extraño, por lo tanto, que el Papa Francisco nos anime para que establezcamos permanentes relaciones de amistad, con las cosas y, sobre todo, con las personas, y que estemos dispuestos a descubrir en ellas su sentido, sus valores y su trascendencia.

                 

                 José Antonio Hernández Guerrero



sábado, 18 de julio de 2015

Hacia un nuevo humanismo. La apática indiferencia

         

                                                                                       54.- La apática indiferencia                                          

La despiadada indiferencia con la que contemplamos las carencias que “tradicionalmente” sufre la mayoría de los ciudadanos de este planeta, y la apatía con la que recibimos las noticias de las endémicas hambres que padece la mayor parte de la población mundial, constituyen unas radiografías reveladoras de las deficiencias humanas de nuestra cultura actual. Si es cierto que los privilegiados habitantes del primer mundo no tenemos conciencia de la fragilidad y de la vulnerabilidad de los soportes técnicos de nuestro bienestar material como, por ejemplo, las energías, mucho más grave es que estos datos no nos sirvan para comprender las penurias que soportan de manera constante la mayoría de los seres humanos, y para que reaccionemos inventando y abriendo unos cauces de una mayor solidaridad. 
Las energías, en todas sus formas, nos resultan bienes tan normales a nuestras vidas que no nos suelen plantear problemas más allá de un breve corte de luz, de la subida de los precios o de los efectos de la contaminación. Las energías nos facilitan las tareas cotidianas e indispensables como extraer, depurar y distribuir el agua potable; cocinar, calentar e iluminar nuestras casas, nuestras calles y los lugares de trabajo, los centros de salud y de enseñanza; nos posibilita la comunicación electrónica, agilizan los transportes, y hacen que funcionen los equipamientos industriales, los servicios sanitarios, la maquinarias agrícolas y hasta las instalaciones recreativas.
Sin embargo, la carencia de energías, sobre todo para los dos mil millones de personas cuyas principales fuentes son la leña, el estiércol y el carbón, es uno de los desafíos que reclama unas respuestas eficaces, urgentes y solidarias de nosotros, los países ricos. Todos los días, una de cada tres personas se ve privada de las condiciones básicas de vida porque no dispone de fuentes de energía. ¿Existe -nos preguntamos- alguna esperanza para los países en vías de desarrollo?
Hemos de reconocer que el modelo de crecimiento de los países industrializados, sustentado en la demanda creciente de energía, ha conducido a nuestro mundo a una situación insostenible y gravemente injusta. Hoy día tenemos que enfrentarnos a dos retos: reducir el consumo de energías no renovables y altamente contaminantes, y conseguir unas fuentes de energías más limpias y más baratas, que sean asequibles al desarrollo sostenible de los pobres. Nuestro planeta es depositario de bienes energéticos necesarios para satisfacer las necesidades de una vida digna de toda la humanidad. En nuestras manos está la responsabilidad de cambiar los hábitos de consumo energético con un doble objetivo: el ecológico, reduciendo la contaminación y el deterioro ambiental, y el social, emprendiendo decididamente una lucha contra la pobreza mediante la expansión de las energías renovables a todo el mundo. Pero, en mi opinión, lo verdaderamente grave es que estas afirmaciones suenen en muchos oídos a mera moralina o a simple demagogia.




      José Antonio Hernández Guerrero

viernes, 10 de julio de 2015

Hacia un nuevo humanismo. El reparto de la tarta.




   53.- El reparto de la tarta
                                              

Los comentarios sobre la “globalización”, que en estos días repetimos en las conversaciones y en los medios de comunicación, adolecen, generalmente, de una grave -y, probablemente, no ingenua- simplificación, determinada por un desenfoque de la cuestión. No se trata, como muchos creen, de una lucha desigual entre los fervorosos partidarios y los demoníacos enemigos de la apertura de fronteras, de la democratización de las anárquicas relaciones entre los pueblos, de la universalización de la justicia, ni de la mundialización de la economía. La pugna se produce por el reparto de la “tarta”. El problema surge a la hora de responder a dos cuestiones diferentes: ¿quién la reparte? y ¿cómo se reparte? Es cierto que la “tarta” es única y que todos navegamos en un mismo “barco”, pero también es verdad que los trozos del “pastel” son excesivamente diferentes y que los camarotes del  “buque” -que para algunos es mera patera- son injustamente desiguales. La interdependencia se traduce en el hecho cuantificable de que, para que crezca el bienestar de unos pocos, ha de aumentar la pobreza de unos muchos.


Entre la riqueza del Norte y el empobrecimiento del Sur se establece cierta relación de causa-efecto, sostenida y aumentada por nuestro modelo de sociedad de consumo, que genera relaciones agresivas con el medio y produce dependencias humanas injustas desde diversos puntos de vista. Si nuestro modelo de desarrollo causa contaminación, destrucción y pobreza, la pobreza también genera contaminación y destrucción.  Las diferencias en la capacidad de destrucción entre los ricos y los pobres son abismales. No podemos perder de vista que el consumo medio de materias primas y de energías de cada europeo, norteamericano o japonés es veinte veces mayor que el de un habitante del resto del planeta. Como afirmó Indira Gandhi, “el mayor desastre ecológico es la pobreza”: un problema “global” de cuyo origen nadie es inocente.


 José Antonio Hernández Guerrero

domingo, 5 de julio de 2015

Hacia un nuevo humanismo. Humanizar la globalización.


  
                                 


          52.- Humanizar la globalización
                                               

Un informe sobre Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas adopta como eje central la necesidad, la obligación y, por lo tanto, la posibilidad de "Humanizar la mundialización". En él se denuncia que la globalización no facilita que los bienes se compartan equitativamente sino que aumenta la tendencia a la marginación, a la inseguridad y a las desigualdades humanas.

Recordemos que, si en 1960 la quinta parte de la población mundial que vivía en los países más ricos era 30 veces más rica que el quinto de la población que habitaba en los países pobres, a comienzos de los 90 la proporción había aumentado hasta 60/1 y, en la actualidad, sigue creciendo de manera imparable estas inhumanas distancias. Es un hecho constatado que, en el mundo actual, además de haber aumentado las riqueza y la tecnología, es escasa e insuficiente la conciencia de justicia, de igualdad, de solidaridad y de compasión de comunidad mundial.


Como conclusión podemos afirmar que no faltan recursos sino que escasean decisiones -colectivas e individuales- orientadas en la dirección humana adecuada. Aunque sean asombrosos los progresos de la técnica, los éxitos rotundos de la Biología y de la Medicina, los horizontes abiertos por la revolución informática y la incursión en el ámbito de galaxias remotas, no podemos perder de vista el hecho cierto de que la robotización, si no se orienta hacia el crecimiento verdaderamente humano universal, se traducirá exclusivamente en una deshumanización agostadora de la savia esencial de nuestra cultura humana.


José Antonio Hernández Guerrero

viernes, 26 de junio de 2015

Hacia un nuevo humanismo. El tiempo de la cosecha.

         
   51.- El tiempo de la cosecha.
                                                       
Los hechos nos confirman que los años ya vividos y las experiencias acumuladas constituyen, más que tiempo gastado, un capital de recursos efectivos, de fértiles cosechas y de frutos maduros que, si los administramos con habilidad, están disponibles para que los aprovechemos y para que extraigamos todos sus jugos. Si seguimos aprovechando el tiempo, si cultivamos con esmero las semillas que encierran cada uno de los episodios vividos -tanto los gratos como los desagradables, tanto los exitosos como los frustrantes-, es probable que germinen y nos proporcionen conocimientos útiles y beneficiosos.
En contra de todas las apariencias, si nos empeñamos, es posible que  los caminos ya recorridos nos descubran unos horizontes vitales más diáfanos, nos abran nuevas puertas y nos rompan ataduras convencionales. Maduramos humanamente cuando ensanchamos nuestra libertad para acercarnos a nuestra meta personal, para cumplir nuestra peculiar misión, para realizar nuestro proyecto inédito y para alcanzar ese bienestar razonable, necesario y, por lo tanto, posible.
Sin caer en ingenuos optimismos, hemos de buscar las fórmulas eficaces para evitar que la desolación pesimista nos contagie y tiña toda nuestra existencia con colores lúgubres, y, además, hemos de encontrar un acicate en el que agarrarnos y una clave que nos ayude a interpretar los signos de esperanza que lucen en medio de ese oscuro paisaje. Si las sombras y los nubarrones pueden servir para resaltar las luces y para aprovechar mejor los días soleados, la profundización en el dolor y en la miseria del mundo nos puede ayudar para que descubramos los gérmenes vitales –esa fe, esa esperanza y ese amor- que laten en el fondo de la existencia humana.




  José Antonio Hernández Guerrero

viernes, 19 de junio de 2015

Hacia un nuevo humanismo. La ancianidad puede ser el tiempo de la libertad.

           
50.- La ancianidad puede ser el tiempo de la libertad.
                                                        
Durante la ancianidad, a pesar de que, como todos sabemos, se producen cambios en nuestro cuerpo y en nuestra mente, es -puede ser- el tiempo de la libertad, el período en el se aflojan los lazos convencionales que, en otras edades, las normas sociales o las modas dictadas por la publicidad nos imponían unas conductas rígidas y, a veces, arbitrarias.
“Cuando llegamos a cierta edad –me decía ayer un amigo- perdemos el respeto humano, nos ponemos el mundo por montera y podemos permitirnos el lujo de pensar, imaginar, sentir y de hacer todo aquello que, sin causar daño a nadie, nos pida el cuerpo y el espíritu”. Y es que, efectivamente, sólo aprendemos a vivir cuando ya hemos vivido: cuando hemos trabajado, cuando nos hemos equivocado, cuando hemos disfrutado y, sobre todo, cuando hemos sufrido. En la vejez es cuando podemos cosechar los resultados de la experiencia.
En contra de los tópicos más repetidos, podemos afirmar que, cuanto menos edad tenemos, menor capacidad poseemos para elegir caminos, porque sólo cuando llegamos a la cumbre, divisamos el horizonte abierto y podemos elegir las sendas adecuadas que nos conduzcan a nuestro bienestar.



 José Antonio Hernández Guerrero

viernes, 12 de junio de 2015

Hacia un nuevo humanismo. Humanizar la ancianidad




  49.- Humanizar la ancianidad
                                                                

Como todos sabemos, los hombres y las mujeres envejecemos de una forma diferente de la que lo hacen los caballos o las palmeras y, sobre todo, de una manera distinta de la que se apaga una vela o se estropea una mesa. Si evitamos las actitudes extremas de aquellos que se lamentan amargamente porque están convencidos de que la vejez es una época sombría y penosa, y si tampoco caemos en la postura ingenua de los que, desde una óptica igualmente simplista, predican que la vejez es un paraíso cómodo y placentero, hemos de aceptar, al menos, que el envejecimiento no es un proceso idéntico para todos los mortales sino que cada individuo lo afronta adoptando actitudes diferentes y lo vive siguiendo distintos ritmos, orientados por sus personales convicciones morales, estimulados por sus impulsos psicológicos y alentados por sus creencias religiosas.
Aún reconociendo las limitaciones físicas y la carencias funcionales e, incluso, el aumento de la vulnerabilidad en este tramo final de la vida humana, hemos de admitir que, hasta cierto punto, está en nuestras manos aligerar o retrasar nuestro proceso de inevitable degradación biológica y mental, y, además, hemos de aceptar que podemos lograr que la última etapa de nuestras vidas sea incluso más fructífera y más placentera que las anteriores. Si somos hábiles, podríamos conseguir que la vejez sea -pueda ser- la época en la que recojamos los frutos maduros y saboreemos los jugos nutritivos de las experiencias más gratificantes de nuestra siempre breve existencia.


    José Antonio Hernández Guerrero



viernes, 5 de junio de 2015

Hacia un nuevo humanismo, la permanente niñez



  48.- La permanente niñez
                                                           

Uno de los síntomas de la madurez humana es, paradójicamente, la lúcida aceptación de los propios límites, la conciencia de nuestra finitud, de la limitación espacial, temporal y mental de nuestras vidas. Es el reconocimiento sereno de ese conjunto de lugares cercados, de momentos finitos y de vacilantes pensamientos que constituyen nuestra trayectoria vital. Hemos de asumir que la finitud es el límite infranqueable de nuestra existencia y que, en consecuencia, por muy “listos”, “preparados” o “inteligentes” que nos creamos, nuestras capacidades intelectuales son muy limitadas. Pero, al mismo tiempo, hemos de aclarar que la verificación de estas limitaciones no implica necesariamente que nuestros anhelos crecientes y nuestras ansias ilimitadas estén destinados al fracaso.

Podríamos incluso afirmar que, sea cual sea nuestra edad, hemos de reconocer que nunca abandonamos la niñez pero teniendo muy en cuenta que este proceso de recuperación de la infancia, no es la vuelta a un infantilismo ingenuo, a una cándida puerilidad ni el cultivo de la inmadurez humana; sino la construcción -la reconstrucción- de esa lucidez que nos hace profundizar en el sentido de los valores fundamentales como el amor y que nos abre los ojos para que reconozcamos nuestra pequeñez y nuestra grandeza.




 José Antonio Hernández Guerrero

viernes, 29 de mayo de 2015

Hacia un nuevo humanismo, llenar de vida el tiempo


                                                               47.- Llenar de vida el tiempo

                                                         
En mi opinión, el tiempo por sí solo no resuelve los problemas, no cura las enfermedades, no proporciona conocimientos, no desarrolla las facultades, no confiere sabiduría, no otorga dignidad  ni siquiera madura a las personas. Un objeto que no está adornado de otros valores que el tiempo o un ser humano que sólo posee mucha edad son, simplemente, viejos.
Es cierto que la ciencia y la historia nos han habituado a medir la importancia de los objetos y a calibrar el valor de los acontecimientos por su dimensión temporal: el cosmos se describe midiendo el tiempo que tarda en llegar la luz de las estrellas a nosotros, el átomo por sus rápidas oscilaciones, los acontecimientos sociales por su antigüedad y la vida humana por su edad. Pero, al mismo tiempo, hemos de reconocer que la existencia y la vida humana, por muy configuradas que estén por el tiempo, no son sólo ni principalmente tiempo.

El tiempo, la antigüedad y la edad son simples continentes: frágiles vasijas de diferentes dimensiones y de distintas formas que han de ser colmadas con experiencias vitales; cofres decorados destinados a albergar tesoros; cauces abiertos por los que han de discurrir las corrientes de energías; hilos conductores de la savia vital; pero todos pueden encerrar también inútiles basuras o inservibles desperdicios, o, con frecuencia, estar simplemente vacíos. Para que el tiempo sea vida, ha de poseer sentido y lo único que proporciona sentido humano es el amor; la suma de años o la acumulación de bienes no aumentan la estatura humana, de igual manera que la ingestión de alimentos no asimilados no nos hace crecer ni fortalece nuestros cuerpos si no poseemos un adecuado metabolismo. Sólo la comunicación y la entrega a alguien ensancha, ahonda y eleva la vida humana. Cualquier vino no se hace más rico con el tiempo.  

José Antonio Hernández Guerrero                 
Las opiniones vertidas en las publicaciones de este blog son responsabilidad exclusiva de cada firmante.