Club de Letras UCA (Cádiz, Jerez de la Frontera y Algeciras)
Director: Profesor de la UCA Dr. José Antonio Hernández Guerrero
Coordinación del blog:
Antonio Díaz González
Ramón Luque Sánchez

Contacto y envío de textos:
clubdeletras.uca@gmail.com


miércoles, 25 de marzo de 2020

Perdonadme


Mi hermano Raúl tenía los ojos azules. Sus mandíbulas eran fuertes, sus labios gruesos y su rostro armónico y hermoso. El  torso lo tenía perfecto y las piernas y brazos tonificados, pero no en extremo. Tan guapo que sus amigos solían bromear diciendo que con un poco de rímel y maquillaje, sería hasta guapa. Era el más alto y la excepción de la familia, porque el resto, incluidos mis progenitores, pertenecíamos, sin duda alguna, a la raza caucásica mediterránea: morenos, ojos oscuros y bajitos.

Mi hermano Raúl era el más listo de todos. Mi madre decía, bastante a menudo, que era  el que aprendió antes a hablar, a andar y a restar y dividir. En el colegio era el más  educado y responsable. Todos comentaban que era apasionadamente curioso. Curiosidad que le llevó a ser el número uno de su promoción de Ciencias Físicas de la Universidad de Oxford. De casa fue el único que estudió en el extranjero, ya que en mi familia los recursos económicos estaban muy limitados. A mí me tocó trabajar en la fábrica de muebles local siendo casi adolescente  para contribuir a la economía doméstica y, a la postre, a su anglófila licenciatura.

Mi hermano Raúl no tenía complejos ni amarguras. Era divertido, zalamero, besucón y buen orador; por todo ello destacaba en su éxito social. Las mujeres y hombres se lo rifaban, todos querían estar con él. Creo que también era buen amante, porque alguna vez que he pasado la noche en su casa y él compartía cama con cualquiera de sus múltiples parejas, he creído oír algún que otro: Dios no pares, ahí, justo ahí, sigue haciendo eso… ¡qué gusto! Yo, en la soledad de mi dormitorio, pensaba en mi vida rutinaria de casa al trabajo y del trabajo a casa, solo interrumpido por el atracón de series de los días de fiesta.

Mi hermano Raúl no era presumido. Había nacido con el don de la elegancia, todo en él era natural. Tenía instinto para elegir la ropa adecuada para cada ocasión y combinar las prendas con acierto. Trajes a medida o ropa sport, reloj en la muñeca derecha y calzado cómodo, todo le sentaba bien. No necesitaba ropa extravagante ni de marca, transmitía clase y estilo. Mi armario, en cambio, era limitado, pequeño y convencional.

Mi hermano Raúl era resolutivo, de inteligencia ágil, capaz de afrontar cualquier asunto problemático con una rapidez que apabullaba. Cuando yo tenía que tomar alguna decisión, fuera importante o no, siempre acudía a su encuentro. Él no me juzgaba pero, en cierta medida, imponía su consejo. Tenía un poder de persuasión increíble. Ante cualquier dilema, escuchaba su voz, día y noche, diciéndome lo que debía hacer en cada caso.

Odiaba a mi hermano Raúl, siempre me he visualizado como un gusano a su lado. Todos en casa y, hasta yo misma, me comparaban, con la cruda y palpable realidad de que él tenía ese no sé qué que le hacía tan único y yo, yo me sentía inferior e insignificante. Desde pequeña he acudido periódicamente a la consulta de múltiples psicólogos y psiquiatras con el fin de escarbar en mi aturdida mente, descubrir mis fantasmas e intentar, al menos, superar mi animadversión y enemistad hacía él.

Bueno, lo confieso, este confinamiento por coronavirus me tiene esquizofrénica. Mi gran problema no es mi hermano Raúl; mi gran problema es, según dicen, que me lo estoy inventado todo. Soy hija única. Perdonadme.


                   Yayo Gómez


martes, 24 de marzo de 2020

La parte más pequeña



Ha pasado una semana y con la paciencia a nuestro lado, vamos viviendo los días. El confinamiento no cuesta menos que antes, sin embargo la desolación se lleva peor. La calle vacía es como una escena de las primeras películas de ciencia ficción, con el silencio tan estremecedor como el blanco y negro de la cinta, precursor de catástrofe. Ahora más que nunca hay que echar mano del optimismo, aunque ande extraviado. Por eso hemos agradecido los mensajes en el móvil, a punto de echar humo a veces; el juego peliculero con los emojis -disculpas por el plural si no es el correcto; las iniciativas a escribir en cadena que facilitan las redes sociales. De alguna manera, hemos paliado el aislamiento, hemos sabido que al otro lado de la pantalla ha habido alguien dispuesto a contestar. Y nos quedamos con los momentos agradables, con los textos más coherentes con la situación, eliminando aquellos que nos han confundido tanto.

La incertidumbre sigue revoloteando sin fecha estimada de terminación. Vivimos un presente raro, con clases virtuales -bravo por los profesores- y conversaciones a través de la pantalla, alabando estos adelantos que nos facilitan la vida en general y las horas en particular.

Cuando todo esto empezó, no pensamos o no quisimos pensar que nos sobrepasaría. Lo cierto es que, al cabo de una semana larga, vivimos pensando en el presente alejándonos no más allá del día siguiente, distrayendo la ansiedad con todo cuanto anda guardado o amontonado en casa, donde la vida continúa, donde la jornada se mueve entre las habitaciones y el paseo por el corredor. Fuera todo está quieto, excepto el viento que acaricia los cristales, que juega al escondite con el frío, que agrupa las nubes hasta ahogarlas, desviando la caída de la lluvia. El mal tiempo, lo propio en esta época, viene a propósito para unirse al confinamiento, justificando la coyuntura como si fuera un pecado venial. Tal vez por eso la gente desea que llegue el anochecer para romper a aplaudir a la hora fijada en los chats, para cantar con emoción y jalear con alegría, para regalar melodías mientras los escuchantes dan las gracias con ráfagas de luz. Por eso y más que nunca hay que agarrarse a estos momentos que ocupan, quizás, la parte más pequeña del dìa, que aportan tanta frescura como el aire que sopla, enfría y enjuaga la noche isleña.  

Ánimo y a por esta semana.




             Adelaida Bordés Benítez


(Artículo publicado en Andalucía Información)

lunes, 23 de marzo de 2020

Fiebre




Cuando tuvo conciencia de tener fiebre empezó de verdad a preocuparse. Hasta entonces sólo había atribuido las palpitaciones, el insomnio, el ligero mareo y la falta de concentración a un simple resfriado. Recién llegado de Italia, nada menos que desde Milán, cayó en la cuenta de que el riesgo asumido al asistir a aquella reunión inaplazable de empresa, donde estuvo en estrecho contacto con la jefa local del Departamento de Ingeniería, efectivamente se había concretado en el peor de los diagnósticos: se había enamorado.


              Agustín Fernández Reyes






HUBO UN HOMBRE UNA VEZ QUE NO VEÍA
A Jorge Luis Borges
Ramón Luque Sánchez

Hubo un hombre una vez que no veía,
era un hombre de letras: poeta y narrador esencialmente,
aunque también gustaba de jugar con ideas.
Y dicen que este hombre, tan sabio como el tiempo,
sufría por no ver esas palabras
que tienen alma y fuego en sus entrañas.
Me han dicho que a menudo este guardián de libros y leyendas,
aparte de cuentista él fue bibliotecario,
requería un lector que descifrara esas hermosas páginas
que llenaban con versos su memoria
y también con historias y arrebatados salmos,
de esos que se amasan con llanto y con pistolas.
Me han dicho que este hombre también necesitaba un amanuense
que pasara a papel esas Ficciones
que en sus ojos dormían y en su mente gritaban
déjanos que nos vistan papel y páginas.
Me han dicho que este hombre, tal vez lo haya leído,
levantó un universo letra a letra.
La Historia de la Eternidad plasmó en sus libros
y también, como apasionado porteño,
la Historia de la Infamia describió a navajazos.
Un Hacedor de Lunas se creía,
aunque tal vez, sin él saberlo,
era Sombra del Aire, el Aleph, único e infinito
como un Libro de Arena.




jueves, 19 de marzo de 2020

RAÍCES EN EL MAR

En estos días estaba anunciada la presentación del libro RAÍCES EN EL MAR, de nuestro compañero del Club de Letras Manuel Bellido Milla, en la Asociación de la Prensa de Cádiz. Las circunstancias mandan y esperamos que este feliz acontecimiento se pueda reprogramar con normalidad muy pronto. Mientras tanto, aquí tenéis información de la obra, incluyendo su booktrailer, al que podéis acceder haciendo clic en la imagen.


Para ver el booktrailer, haz clic en la imagen.

Raíces en el Mar aborda un periodo de la historia de España, en ocasiones presentado como una sucesión de hechos aislados que, sin embargo, estuvieron enmarcados en un contexto: el colofón de una época y de una forma de hacer política. Sucesos que preludiaron nuestra andadura a través del siglo XX, y tal vez sean los vectores de nuestro futuro. De nuestras huellas presentes dependerá.

Personajes históricos como Isaac Peral el ingeniero proyectista del primer submarino, Fermín Salvochea el Alcalde anarquista de Cádiz, Claudio López Bru el Marqués de Comillas, Pascual Cervera el Almirante, Fernando Villamil el marino, y Rodríguez Arias el Ministro; junto a otros personajes de ficción novelesca, acompañan al protagonista Benito Andújar a través de una trama de espionajes, juegos políticos e intereses económicos, que sacan a la luz dos maneras de abordar los retos del futuro, y que marcan hoy como entonces, la diferencia entre los que pierden y los que ganan la iniciativa para hacerse dueños de su propio destino.

(Fuente: Punto Rojo Libros)



miércoles, 18 de marzo de 2020

Molino Nuevo



Fuente: Fragmento MTN50. 925 (18 37) Mapa Topográfico Nacional de España. Porcuna.

La imagen no guarda la escala original 1:50.000


Es domingo y salen de excursión. Nos vamos en el ruso. Es fiesta y no hay autobús de línea —dicen a los niños—, y suben a el ruso que los espera en la puerta. También vienen los vecinos de la parte arriba, gente buena y amable. Conocidos de siempre. Llegan con otra media docena de chiquillos, y entre unos y otros, el portal de la casa parece la entrada a una escuela. La abuela resuelta como siempre, sabe poner orden entre los pequeños. —A callar, que no se despierten los vecinos— siseando con el índice en la boca.

Los niños van subiendo a el ruso ayudándose unos a otros. Las madres y la abuela con ellos, atrás, los hombres delante, en la cabina. La calle los despide desnuda por el barrido de escobas a manos femeninas. Aunque sea domingo. El día que es frío de los de diciembre, amanece azotado por un solano perezoso, y un sol aletargado. Los excursionistas comienzan a cantar cuando abandonan la carretera general, ya han dejado atrás una fronda cercana a la Huerta del Comendador, toman a la izquierda, y avanzan por el camino de Lopera hacia el Molino Nuevo. La parada es para mear, dicen los hombres.

En el camión nadie se mueve. Ni los niños ni las mujeres que, hábiles, susurrantes, han conseguido hacer callar a la docena de pequeños. El juego ahora es: ¡el primero que hable, sin chocolate! El hombre desaparece y trepa cuesta arriba por los terrones del Cerro de Moriscos. Lanza el orín al aire, y observa el gris apagado de la Cañada Mingoca. Poco más allá está la casa. No ve a nadie en la vaguada, y vuelve.

Al llegar al cortijo bajan de el ruso. Nadie toca las cajas en las que han venido sentados. Los hombres se quedan fuera. Los demás desaparecen dentro. Un momento después escuchan el motor del camión alejarse. Con ellos se queda el canto de los pájaros, y el ruido de los cohetes que truenan a oleadas del lado de Lopera.

¾Son cohetes de la Navidad —dicen las mujeres.

¾¡Son muchos! —exclama la mayor de las niñas. Nadie le responde.

Pasan dos días y entregan cuatro cajas. Aún les quedan dos en el camión.

¾Casi hemos acabado, Manuel —le toca el hombro satisfecho al que conduce.

¾Soltamos estas dos, y nos vamos con las mujeres al molino —dice el conductor.

Al salir de una curva junto a un arroyo, los apuntan cuatro milicianos. En la ladera hay otros tres más. Les ordenan que paren.

Lo convenido para estos casos es que solo Manuel abra la puerta. Para hablar. El que baja queda protegido si no va armado, nadie pensará que el de dentro dispare contra su compañero. Así que, mejor que solo baje uno. Acordaron hace tiempo.

Manuel es un hombre tranquilo de aplomo natural, de los que no ofenden cuando habla. Afable. Lo cachean. No lleva armas. El jefe de los milicianos señala al camión y siguen hablando. Es bajito, de ojos nerviosos y piel oscura. Sus maneras elegantosas acompañan a sus manos finas, poco hechas al monte —capta Manuel—. Pasan dos minutos eternos, y comienzan a sudarle las manos al del camión, apuntado desde fuera por un fusil.

Los de la patrulla hacen un aparte. Llaman a uno de ellos, es el más jovencillo que está en la ladera. El recién llegado saluda a Manuel sin disimulo. Lo hace con respeto.

¾¿Lo conoces?

¾Es el Subjefe de policía de Porcuna —dice el joven de forma creíble.

¾Subjefe —sin dejar de mirar a Manuel—. ¿Tienes los papeles de policía? —le suelta a la cara.

¾Tengo mi palabra —contesta Manuel tranquilo. Sin fijar la mirada, sin rehuirla tampoco.

El que manda acepta esa respuesta, sonríe y enfunda la pistola. Siguen hablando. Los fusiles se han cansado y agachan la boca. El acuerdo no tarda en llegar. Dos de ellos sueltan las armas y suben al camión. Toman las dos cajas de jamones que quedan, abren una de ellas y le ofrecen un jamón a Manuel. En un minuto han desaparecido. Manuel y su compañero arrancan el ruso y deciden volver.

En el Molino Nuevo las mujeres tienen una estrategia. Han tendido ropa de niño sobre un cordel bien visible. Abrieron todas las puertas y ventanas, tienen un fuego en el patio bajo un caldero, han rotulado la fachada con la frase: “mujeres y niños” y, por último, encima del tejado han colocado una sábana blanca.

Los primeros que llegan lo hacen en cuclillas, mudos y letales. No se detienen ante las mujeres. Hablan por señas y apuntan sus armas hacia adelante. Profesionales.

Rodean el cortijo. Penetran y se asoman por las ventanas. El olor del caldero consigue remover los estómagos de los visitantes.

No hay respuesta. Los niños callan asustados. Las madres y la abuela delante como una muralla. Los moros rebasan el cortijo, algunos al paso les hacen carantoñas, otros los estudian con recelo. Ninguno mira a las mujeres. Tras ellos más y más tropas. En silencio. Nadie ha disparado su fusil, nadie ha pronunciado más palabras que las del moro. Al rato, un joven con uniforme se acerca. Es un oficial.

¾¿Dónde están vuestros hombres? —de forma seca—, ¿de dónde sois? —sin dar tiempo a responder.

¾Gente de paz —saltan las tres mujeres a la vez.

¾De Porcuna —dice la abuela que parece entender la poca paciencia del militar.

¾No hay nadie en la casa —se escucha una voz que tercia detrás.

¾Así que de la zona roja…

¾De Porcuna, mire usted. De donde nuestros padres y nuestros abuelos. Personas como Dios manda. —enseñando la medalla de la virgen de Alharilla.

Eso tranquiliza al requeté que se acerca al caldero, prueba el caldo, da su aprobación, y lo toma hasta acabar el cuenco. Se despide tocándose la cabeza. La abuela imagina que no quiere quedarse rezagado…, más de la cuenta.

Los del camión aún tardarán dos días en llegar, escondiéndose y circulando entre una y otra zona. El hambre la mataron con el jamón de regalo. Solo quedan los huesos para otro caldo.


            Manuel Bellido Milla

domingo, 15 de marzo de 2020

Tengo dos corceles



Tengo dos corceles
se llaman memoria y tiempo
sin tierra ni vendavales
son como el sentir del viento.

Llaman sin llamar
al dolor, a la tempestad
a los sueños y a la impotencia
a lagunas que recordar.

¿Dónde vienen mis corceles?
a veces no los veo
andan en mis entrañas
perdidos en mis adentros.

Esos corceles lloran sin saberlo
unen tierra y lamentos
quieren buscar refugio
pero solo hay espacios muertos.

Esos corceles están en los sentimientos
a veces los distraigo
otras hago no verlos
pero están hay aun sin quererlos.

Somos los humanos, corceles viejos
porque llevamos en los genes fuego
de la infancia, plastilina
que se come el tiempo.

Queremos vendarles los ojos
que no los vea nadie
llevarlos en los silencios
inútil, que inútil es ocultarlos.

Mañana será otro día
de esperanzas
de tormentos
y seguirá la vida
sin llantos violentos.

Nos queda el grito callado
o las cuerdas de un violín
que llora cada mañana
porque no tiene dueño.


             Francisco Herrera López



miércoles, 4 de marzo de 2020

La maldad


Imagen y artículo publicados en elfarodeceuta.es
A pesar de los indudables progresos, aún quedan rincones en los que proliferan vicios incompatibles con la dignidad humana.
Sin necesidad de caer en catastrofismos, hemos de reconocer serenamente que, a pesar de los indudables progresos alcanzados por la humanidad, aún quedan fondos tenebrosos de maldad en amplios sectores de nuestro mundo contemporáneo y charcos encenagados en rincones oscuros de nuestra sociedad avanzada. Es cierto que la humanidad, globalmente considerada, ha progresado de manera ininterrumpida en los ámbitos científico, técnico, económico, sociológico, jurídico e, incluso, moral. A pesar de los graves problemas que padecemos en la actualidad, una consideración histórica desapasionada pone de manifiesto que hemos superado trágicas situaciones de mortandad, de enfermedad, de esclavitud, de injusticias y de guerras. También podemos constatar cómo, en muchas partes de nuestro mundo, gracias al progresivo imperio del Derecho, las relaciones sociales son más justas y más equitativas las reglas económicas. De manera progresiva -y, a veces a costa de sangre y de vidas- se va extendiendo la democracia apoyada en la valoración real de los ideales de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad.
Pero este reconocimiento de los progresos logrados no debería impedirnos considerar el abandono y el menosprecio de unos valores éticos que son imprescindibles para el logro de una vida individual más digna y de una convivencia social más justa. Debería llamarnos la atención, por ejemplo, la reticencia de muchos intelectuales para abordar los temas relacionados con las virtudes morales y la escasez en los medios de comunicación de unas críticas serias sobre la proliferación de vicios éticos tan mortíferos como el odio, la envidia, la maledicencia, la calumnia, la avaricia o el orgullo.
Nos da la impresión de que denunciar la maldad que encierran algunos comportamientos depravados de personajes públicos puede sonar a consideraciones moralizantes y a sermones de piadosos predicadores, pero el hecho cierto es que, en el fondo de esas acciones que devastan la naturaleza, en las raíces ocultas de las injusticias sociales, de la siniestralidad laboral, de las calumnias con las que tratan de argumentar algunos políticos, de las corrupciones administrativas y, por supuesto, en las guerras internacionales, late un profundo vacío de esas virtudes que constituyen los cimientos de la integridad personal, y palpita la ausencia de esos valores que proporcionan cohesión a la estructura de las relaciones sociales y que han de guiar las decisiones y los comportamientos políticos por los senderos de la racionalidad.

Nos resulta fácil admitir el “mal de la naturaleza” e, incluso, tenemos cierta propensión a concederle una influencia determinante pero, por el contrario, constatamos una sorprendente resistencia a reconocer que, en muchos rincones de nuestra sociedad y en capas profundas de nuestras entrañas personales, se agolpan montones de podredumbre y depósitos siniestros de maldad, ese veneno mortal que, inoculado en las arterias de este organismo inhumano, malea las relaciones internacionales entre los pueblos y provoca altercados políticos entre los partidos. La mayoría de los problemas graves que, en estos momentos, tiene planteados nuestra sociedad exige que revisemos unos valores morales que, de hecho, deberían fundamentar los objetivos que los partidos pretenden alcanzar e, incluso, las estrategias que emplean en sus actividades. Al lamentarnos del triste espectáculo que nos ofrecen algunos políticos no nos sirven los calificativos con los que valoramos los efectos devastadores de los fenómenos atmosféricos porque, en aquellos casos, se trata de acciones humanas voluntarias, perpetradas por unos hombres dedicados a la destrucción de otros.

          José Antonio Hernández Guerrero

Encuentro Club de Letras en Jerez de la Frontera (6-3-2020)





Amigos y amigas del Club de Letras, os recuerdo que el próximo día viernes 6 de marzo, a las 6 de la tarde, nos reuniremos en el Salón de Grados del Campus de la UCA en Jerez (Avenida de la Univesidad S/N)

En este encuentro presentaremos los últimos libros publicados de nuestros compañeros Maritxé Abad, Antonio Díaz y Enrique Rojas (se adjunta el cartel que ha preparado Maritxé Abad. Gracias, compañera), escucharemos las reflexiones de José Antonio Hernández y -si tenemos tiempo- podremos leer cada uno un breve texto (no más de 25 líneas) que preparemos para la reunión.

¡Espero que nos encontremos en Jerez! Un abrazo para todos,

              Agustín Fernández Reyes
              Coordinador de actividades  

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domingo, 1 de marzo de 2020

Cruceristas



Amanecer en demanda de El Pireo. Foto del autor.


La obsesión por la eficiencia planea sobre los que beben del pozo de la sed. Si se acude a él, cada vez habrá que beber con mayor frecuencia y a tragos más largos. Como en una sucesión de vertiginosos intervalos, más y más pequeños, que terminarán por atragantar nuestras percepciones, y que, sin percibirlo al principio, nos introducirán en la sima de la codicia. El cuerno de Gabriel. En cuyo fondo insondable, se percibe la naturaleza del engaño, inicialmente envuelto de falsas ilusiones: una trampa mortal y materialista.

Viven juntos desde hace varios años. Ella es vital y juvenil con más de cincuenta, él es hábil y soñador: un hombre de mundo. Ambos confluyen en sus ganas de vivir. Por eso acordaron alejarse del hastío de la rutina. Pasar unas vacaciones en un crucero. El primer día de navegación, se encuentran asomados al amanecer del camarote en mitad del Adriático. Se abrazan en silencio débilmente tibios, apenas cubiertos por los albornoces, sin que la luz que nace frente a ellos les ayude a entrar en calor. Ella cierra los ojos, se inunda con los olores de la escena, suspira, y funde su cuerpo con la belleza estática del paisaje marino. Pasado el instante, él la observa con un brote de aburrimiento, y se pone a repasar en el programa de actividades: bailes, espectáculos, restaurantes, excursiones…

¾El acuerdo es pasarlo bien —dice ella en tono esperanzado.

¾¡Claro! —exclama él con su conocido optimismo— por eso tenemos que aprovechar todos los momentos —señalando sobre el programa, sin apreciar el contraste de la desnudez del mar, y la mirada azul que le interpela.

Bajan en el ascensor, él se adelanta al mostrador y expone algunas sugerencias para que no coincidan al mismo tiempo varias actividades a su gusto. Ella le acaricia el hombro, y con un guiño lo deja allí. Sube y se da un masaje frente al desfile de acantilados que rompen el horizonte.

Al día siguiente atracarán unas horas en un lugar de la costa dálmata. Durante la cena, discuten sobre pasear por la ciudad, o subirse a un autobús para atrapar las vistas de varias ciudades cercanas al fiordo de Kotor.

¾¿Para eso hemos venido hasta aquí? —suelta él en tono sarcástico.

¾Para disfrutar y olvidarnos de la rutina —señalando al teléfono móvil que no para de parpadear junto a él.

¾¿A aburrirse le llamas disfrutar?

La orquesta devora la noche sin lograr deshacer el hielo entre sus miradas. Finalmente ella cede, y a la mañana siguiente, serpentean por carreteras empinadas que los conducen a los estudiados momentos de hacer las fotos, las mismas que venden improvisados puestos ambulantes en la cuneta.

¾Lo tengo todo calculado —repercute el dedo sobre el plano sin alzar la vista—. Desembarcamos en Venecia, y antes de tomar el avión, nos vamos en vaporeto a la isla de Murano, la vemos rápidamente, y desde allí, tomamos una lancha hasta el aeropuerto justo a tiempo de facturar.

¾Lo veo precipitado, solo tenemos tres horas para todo. Cualquier retraso nos hace quedar en tierra. La verdad, no me apetecería tener que dar explicaciones en el trabajo al día siguiente.

Esta vez nadie cede. Ella se marcha al aeropuerto con tiempo suficiente, se compra un abrigo carísimo, y se toma un café con una amiga que no había visto en el crucero. Él, que se marchó a Murano, ha sido el último en embarcar en el avión. Lo hizo con la mitad de la camisa fuera del cinturón, su chaqueta arrugada en la mano, y una discusión con la azafata por no tener sitio para meter su maleta de mano.



             Manuel Bellido Milla.


Las opiniones vertidas en las publicaciones de este blog son responsabilidad exclusiva de cada firmante.