Club de Letras UCA (Cádiz, Jerez de la Frontera y Algeciras)
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miércoles, 2 de enero de 2019

A la caza. Reflexiones en la soledad de la toldilla.


Presa en el Estrecho. Pintura de Carlos Parrilla

Al mirar el nítido horizonte, siento en el rostro el viento fresco que me azota como una caricia por el través de babor.
Desde la toldilla, puedo ver el perfecto orden de la cubierta y al grupo de marineros del sollao de proa, que algo desarrapados, se afanan gobernando la escota de barlovento del velacho de trinquete. Ya se sabe que en estos tiempos, el dinero solo alcanza para las vestimentas y boatos de palacio.
El buque ciñe el viento y mantiene firme el rumbo. Hace dos días que tenemos a la vista al enemigo, al que no conseguimos dar caza. Si en el arsenal nos hubieran colocado las planchas de cobre que nos faltan alcanzaríamos los dos nudos que necesitamos para abordar a esa corbeta.
La moral es alta y cada vez que disparamos el cañón de proa, el júbilo de la marinería parece hacer vibrar los obenques del palo mayor. El carpintero me acaba de informar que ha conseguido bajar el agua de la sentina a tan solo dos palmos, eso nos dará algo de velocidad. Con tan solo una semana más en el carenero de Puerto Real, hubiéramos podido cambiar las tracas de la amura de babor que tanto sufrieron en el combate contra aquel corsario y que ahora, nos preocupan a cada pantocazo.
Intento que mis reflexiones no trasciendan a la animosidad de mi aspecto, no quiero que mis oficiales se desmoralicen. Ojalá un día tengamos buenos políticos que quieran a España más que a su bolsa y gente del pueblo que mire al mar con apego.
Suenan dos campanadas bajo el trinquete. Me vuelvo hacia el oficial de guardia, viejo amigo y le señalo arriba, al palo mayor. Ha estado muy atento a la visita del carpintero y en el acto, me comprende sin mediar palabra.
¾Larga rastrera de mayor.
¾Alas de barlovento en bonete y gavia de mayor.
Ha transmitido las órdenes sin forzar la voz, dirigiéndose al contramaestre que ya estaba prevenido antes de recibirlas. En un instante está henchida la rastrera que hace gemir el palo mayor mientras las alas vuelan y el buque se estremece como un brioso corcel espoleado por su jinete. Esperemos que el mastelero aguante después de la reparación de fortuna en la hemos estado trabajando toda la noche. El de respeto, se lo llevaron a Madrid antes de zarpar, según parece, para lucir como poste en un espectáculo ante el Rey con un globo aerostático. Hasta cuando los excesos en la corte…
Han pasado cinco horas y el mastelero parece que aguanta, lo que nos ha permitido acercarnos al enemigo y todo ello a pesar sus esfuerzos al soltar lastre. Es la hora del silencio ahora dueño del buque, únicamente quebrantado por el crujir de la jarcia desde que ordené zafarrancho en el cambio de guardia hace media hora. Todos en sus puestos estamos atentos a la evolución de la maniobra, mis oficiales escudriñan el velamen del enemigo que amaga fingiendo maniobras ficticias sin conseguir engañarnos. Sin duda saben lo que se les viene encima.
Dueños del barlovento, tengo previsto soltar el lastre ya preparado justo antes de dar la orden de entrar en combate, quiero ganar tiempo y presentar batalla antes de embocar el estrecho y evitar que el enemigo se nos esconda en Gibraltar.
A la puesta de sol, ese capitán ingles y sus oficiales cenarán en mi camareta como mis invitados, por supuesto que nuestra nueva enseña diseñada por Don Antonio Valdés ondeará ya en su popa, sobre la suya, mientras ellos reponen energías con una tortilla al gusto español y un buen “palo cortao” de El Puerto de Santa María.


           Manuel Bellido Milla.

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